coronavirus

-Fotografía publicada en el Heraldo de Aragón, escultura de José Azul-

Me gustaría pensar que vuelvo a mi dominio – literal – a consecuencia de verme en la obligación de compartir una visión de las cosas que nos ocupan que fuera de utilidad. Si alguien recuerda mis anteriores entradas, que tendría mérito, sabe que por aquí cabe de todo y no exclusivamente profesional, como dicen a veces las almas diplomáticas. Pues no, pues no. Acabo regresando al maldito editor en blanco, tan inmaculado como amenazante, en un momento o etapa mejor, poco o nada oportuna para desvariar. ¿Y entonces, reina?

Como nunca sé muy bien ni muy mal porque aparezco por aquí, prefiero algo contar.

Cuenca

A finales de febrero nos presentamos en Cuenca, con bastante calor por cierto. Fiel a mi dilatada experiencia como conductora de carreteras secundarias, en el mejor día, siempre alentada por esos bellos paisajes que aguardan a los aventureros ajenos a las rutas directas, vimos probablemente la mitad de la provincia a través de la ventanilla semi-bajada. Por supuesto no se paró, con lo que la llegada a la elevada ciudad fue con ansias.

Nos adentramos por las calles a la búsqueda de esos rincones desconocidos, en realidad todos, valorando especialmente los tramos urbanos de varios ríos que atraviesan la ciudad, hay que entender que somos de secano. Me gustaron particularmente las fuentes que el visitante se va encontrando. La gente de una edad recordamos que antes había muchas, y ahora o están cerradas o no funcionan. Así es imposible que se beba del grifo.

El mejor día allí fue recorriendo con el coche las carreteras de montaña, hasta la ciudad encantada, donde un guía animador nos íba contando sobre las piedras y sobre lo que se le íba ocurriendo. Se le veía un gran admirador de la naturaleza, nos contó sobre los quebranta-huesos de hasta tres metros que anidaban por allí cerca, y naturalmente el resto del día me lo pasé intentado sorprender a los pobres a vuelta de curva, pero no pudo ser. En vistas de que aun quedaba día por delante, me empeñé en seguir viendo ríos, probablemente haya alguna razón oculta en este interés, y nos presentamos en el nacimiento del río Cuervo, como otros cientos más. Aun así, merece la pena. A la vuelta comimos un menú castellano-manchego absolutamente desproporcionado para el poco gasto calórico a realizar, y por tanto disfrutado gozosamente.

Antes de volver al barrio paré en la laguna de Gallocanta, en un día esplendido, pero tarde para ver a las grullas. Las grullas no esperan, hija.

Además compramos bombones y una lata de carne, quién sabe porqué. Pero ese viajecillo es el último recuerdo luminoso, incluso placentero, en algo más de un mes. Sólo ha pasado un mes.

Pandémica y celeste

“Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
-con cuatrocientos cuerpos diferentes-
haber hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.”

Que nadie se extrañe si una recurre a la poesía en tiempos del coronavirus. Al menos antes de conocerlo lo recibí pensando en el poema de Gil de Biedma, supongo que esperando coger distancia suficiente como para poder tener perspectiva de lo que se nos venía encima. Me pilló por sorpresa, a pesar de ya estar advertida, y viví como profesional la entrada lenta pero inexorable de la enfermedad en la planta, recogiendo al principio frotis, luego cuidando a los ya contagiados. En pocos días no había nada más. Problemas con los materiales para protegernos, la mascarilla alargaba su vida útil tras cada reunión de las altas esferas…

Starry, starry night

Camino de un mes de semi-confinamiento, en el que he alternado la preocupación con la culpa, con el estrés, hasta que un día decidí simplificar, harta de no poder hacerme con las cifras, por la impotencia de ver marchar a pacientes cada día. No me quejo, otros compañeros han estado peor. Y acabas viviendo al día.

Volver a casa después del hospital, caminando por las calles del Casco vaciadas, sin apenas ruido, te hace sentir, si tienes cierta propensión, como Rick Grimes pero sin sombrero. Ese efecto casi alucinógeno me duró unos días, agradecida.

Ahora sigo flipando pero ya no es tan satisfactorio. Salir a la calle es asistir a un auténtico show-room de modelos de protección, mascarillas mil, guantes, hasta monos completos he visto. Es curioso pero me resulta ofensivo. Tengo la piel fina.

Y esa sensación, que va creciendo imparable, de un duelo tamaño xxl que no nos podemos permitir, pero que algún día habrá que dejar ir, para honrar a los ciudadanos que se ha llevado por delante esta pandemia gris y devastadora, inevitable dice Taleb, pero que aun sabiendo, no esperábamos así.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s